La nueva crisis de escasez en el Perú: cuando el fertilizante y El Niño golpean al mismo tiempo

Ante una nueva crisis que golpea al país, el riesgo de la perdida de producción y escasez de productos no es solo el miedo a los efectos por el fenómeno del niño, sino también a factores que pudimos prever desde hace meses.

Adrián Zambrano

8/20/20264 min read

Los titulares siguen mirando el precio del barril, pero la crisis que realmente debería preocuparnos ya no es energética: es agrícola. Desde hace meses venimos advirtiendo que las disrupciones globales en las cadenas de suministro de energía no se iban a quedar en el crudo. Los datos ya lo confirman: las exportaciones globales de urea, el fertilizante nitrogenado más usado del mundo, colapsaron 83% interanual por las restricciones de navegación en el Estrecho de Hormuz, mientras el tránsito de GNL por el mismo estrecho cayó 95%, arrastrando consigo la estabilidad del gas natural, el insumo crítico para fabricar fertilizante en el resto del mundo. A eso se suma que la Reserva Estratégica de Petróleo de EE.UU. está en su nivel más bajo desde 1983. El mensaje de fondo es claro: cuando se interrumpe el petróleo, los bancos centrales pelean contra la inflación de titulares; cuando se interrumpe el fertilizante, lo que se pone en riesgo es la seguridad alimentaria global durante varias temporadas de cosecha.

El Perú no es un espectador de este shock, sino uno de los países más expuestos. Nuestra agricultura cubre la totalidad de su demanda de urea con importaciones —al carecer de una industria petroquímica local— y el país adquiere cerca de 900,000 toneladas de fertilizantes al año, con China, Rusia y Estados Unidos como principales proveedores. En las últimas semanas, el precio internacional de la urea ya subió más de 20%, llegando a bordear los USD 590 por tonelada según AGAP, con reportes de precios portuarios entre USD 650 y 750. El valor de estas importaciones privadas, que ya superaba los USD 400 millones anuales entre 2023 y 2025, va a crecer todavía más, encareciendo la estructura de costos de todo el sector agroexportador en un contexto donde cada dólar cuenta.

Lo que muchos pasan por alto es que al Perú no le hace falta comprarle directamente a Medio Oriente para sufrir el impacto: la urea es un commodity global, y cuando desaparece del mercado entre 30% y 40% de la oferta mundial, el precio de referencia sube para todos, sin importar el origen del proveedor. Esto explica por qué economías como Estados Unidos están del otro lado de esta ecuación. EE.UU. produce su propio gas natural mediante shale y cuenta con capacidad petroquímica instalada para convertirlo en amoníaco y urea internamente, sin depender del GNL que cruza Hormuz ni de la urea que ya no sale del Golfo. No solo está protegido del shock en sus dos frentes: está capturando poder de fijación de precios como uno de los grandes ganadores de esta crisis, junto a Canadá y Marruecos.

Y aquí es donde entra el verdadero doble golpe para el Perú. Mientras el costo del insumo agrícola más importante se dispara, El Niño costero y global golpea en simultáneo la costa norte, la zona agroexportadora más sensible del país. El Instituto Peruano de Economía estimaba una reducción de 0.8 puntos porcentuales en el PBI para 2026-2027 solo por este fenómeno, mientras las proyecciones más recientes de un Niño "extraordinario" sugieren que el impacto podría ser mayor. En Piura, la producción de mango ya cayó 6% entre enero y mayo, y el paquete agroexportador en riesgo incluye uva, arándanos, plátano orgánico y limón, con cerca de 20 millones de personas en riesgo de inundación según CENEPRED. El agricultor del norte enfrenta así una pinza perfecta: paga más por el fertilizante justo cuando el clima amenaza con destruirle la ventana de siembra o retrasarle el embarque de un insumo que, aunque exista en el mercado global, puede no llegar a tiempo para la campaña. En agricultura, a diferencia de otros sectores, esas pérdidas no se recuperan tres meses después.

Lo más interesante es que esta vulnerabilidad no era inevitable: era una oportunidad de inversión todavía sin resolver. El Perú cuenta con gas natural en Camisea, y los estudios técnicos muestran que una planta de urea local requeriría apenas entre 6% y 8% de ese volumen para cubrir toda la demanda nacional anual, estimada entre 350,000 y 400,000 toneladas. Ese proyecto sigue en el papel, a la espera de las condiciones de largo plazo que le den certidumbre a una inversión de esta magnitud, mientras otros países de la región avanzan en fortalecer su producción doméstica de fertilizantes para reducir su exposición a las importaciones spot. La diferencia entre depender del mercado internacional en su punto más álgido o contar con un colchón de producción propia es, literalmente, la línea entre resiliencia y vulnerabilidad estructural para el agro peruano.

La conclusión no es alarmismo, es lectura de riesgo. El consenso de mercado suele asumir que estas crisis son efímeras y que la oferta se autorregula en un par de meses. Pero esa lectura ignora que producir urea requiere gas natural barato como insumo base, y que la agricultura opera con ciclos biológicos estrictos que no se pueden posponer sin perder la campaña. Para el Perú, la combinación de dependencia total de importaciones, ausencia de capacidad petroquímica propia y un choque climático directo sobre el corazón agroexportador configura un riesgo estructural, no coyuntural. Ignorarlo hoy es asumir un costo económico y social mucho mayor mañana.

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